La segunda jornada del Mundial se abría con un enfrentamiento que cobraba un doble protagonismo. Por un lado, aparecía de de nuevo en escena la anfitriona, Rusia, que tras doblegar a Arabia Saudí por 5-0, se irguió delante de ella un mar de ilusiones en la cita, y el gran paso para que estas sigan tomando sentido era el choque frente a Egipto, quien estaba vez si introducía a su mejor carta, formando así Mohamed Salah parte del once inicial.

Quería llevar la voz cantante Egipto, pero se mostraba imprecisa. Hasta en dos ocasiones estuvo a punto de sacar provecho Rusia de sus despistes en la salida de balón, pero de momento los locales no acertaban a tomar la ventaja. No obstante, poco a poco esto sirvió como precedente de una balanza de juego que cayó bajo la corriente del combinado ruso, favoreciendo también a la apertura de ambos equipos, quienes ofrecían un ritmo alto que les permitía llegar con asiduidad a los alrededores del área rival, aunque el duelo no ofrecía ocasiones claras para concretar desequilibrio alguno en el marcador.

Especial daño causaban a los egipcios la constante presencia de Cheryshev y Golovin en su campo, uno por el costado y otro por el medio, quienes han sido capaces de sumergir en zona de 3/4 al cuadro africano. Esto, sumado a la aportación de un Artem Dzyuba que en punta estaba creando dificultades a los centrales, suponía el verdadero peligro de los anfitriones. Estos, a su vez, fortificaron su posición estando muy acertados al disminuir el impacto de la entrada de Salah. Egipto quería entrar por banda y trataba de buscar a su estrella, pero no hallaba eficazmente ni a este ni un posible remate con alguno de los otros miembros en ataque con el que llevar algo de peligro a la meta de Akinfeev.

Una Rusia completamente desencadenada

Tras una primera mitad que se cerró sin goles, el plan de Cherchesov continuó en la misma línea para la segunda. La Selección de Rusia seguía ofreciendo un fútbol atractivo y de ataque que está marcando su participación mundialista, y halló el premio en una jugada que no parecía tener mayor peligro. Un disparo lejano de Zobnin se marchaba directo a la posición disputada entre Fathi y Dzyuba, quienes batallaban por adelantarse a la recepción del esférico. Para desencanto del zaguero, y a pesar de ganarle la partida al ariete ruso, su intento de despeje se impregnaba de infortunio mandando el balón hacia su propia portería. El marcador se ponía a favor nada más arrancar el segundo tiempo.

El vendaval no había hecho más que tomar forma. Aunque Egipto daba síntomas de querer resarcirse y plantar cara, el despliegue de Rusia, que busca que sea su gran cita, se había desatado para solventar el encuentro. Tan solo tres minutos le hicieron falta a los anfitriones para poner consolidar su posición en el partido. Primero, Dzyuba abría en la frontal para la incorporación de Mario Fernandes quien se deshacía de un defensa y cedía atrás para el posterior remate de Cheryshev. Tras esto, y con poco margen para que los egipcios acusaran el golpe y pudieran sobreponerse, aparecía de nuevo el ariete ruso, esta vez para bajar un balón del cielo, picarla ante un central y batir por tercera vez a El Shenawy.

Todo parecía decidido excepto para un hombre que quería reivindicarse y tener algo más que decir en el encuentro. Mohamed Salah entraba en acción, se colaba en área rusa y provocaba un penalti que él mismo se encargó de lanzar y marcar. Aún quedaba una mínima esperanza que agotar en los ojos de los jugadores egipcios, pero todo quedó en una intentona con más corazón que hechos. Rusia certificó su pase a octavos de final a falta, únicamente, de conocer su posición final como primero o segundo del Grupo ’A’. Por su parte, Egipto podría quedar mañana eliminada si Uruguay vence a Arabia Saudí.

Un martillo llamado Artem Dzyuba

El delantero de 29 años fue uno de los grandes protagonistas de la consecución del pase de Rusia. Propició el fallo de Fathi, participó el segundo tanto y se sacó de la nada el tercero. Además, durante todo el encuentro fue un incordio para la zaga egipcia, concentrando la atención de los centrales, Gabr y Hegazy, quienes no acertaban a detener el empuje del espigado ariete del Zenit.