13 de junio de 2019; Madrid. El rumor de un nuevo talento que emergerá en el Santiago Bernabéu durante las próximas temporadas no ha hecho más que despertar la ilusión de una afición, la merengue, que dormía meses atrás. Estaba previsto que Eden Hazard, delantero belga de 28 años e internacional absoluto con su selección, pisara el césped de su nuevo estadio cerca de las 19:00 (finalmente lo hizo a las 20:00). La multitud sin embargo, había comenzado a aglomerarse en los alrededores del estadio en torno a las 17:00. La emoción de ver al que tratarán como nuevo ídolo empezaba a impacientar unos cuerpos que dejaban de estar conscientes de lo que sucedía. Pura adrenalina.

No faltaban las camisetas de jugadores como Cristiano Ronaldo (que se note que aún quedan románticos); pero la camiseta más visible llevaba un nombre propio: Hazard. Blanca, para los adelantados. Azul, para quien ya lo seguía en su anterior club, el Chelsea. La gente comenzaba a amontonarse a medida que se acercaba la hora. Los vigilantes de seguridad estaban superados, les podía la situación. De manera que, siendo presa del calor madrileño, los aficionados tuvieron que esperar fuera mientras veían como algunos (pocos) disfrutaban del privilegio de entrar antes que el resto. «Uuuuhh fueeeraa», gritaba la gente. Había dudas, no se sabía en ese momento qué les acaloraba más, el sol o la ira.

Finalmente, lo aficionados pudieron pasar y ocupar sus asientos en las gradas. La fiesta comenzaba a notarse en el campo. Qué ilusión, pensarían algunos. La gente estaba radiante de alegría, conocen a Eden, saben de lo qué es capaz. Unos bailaban, otros hacían videollamada con algún amigo o familiar, muchos cantaban «Cómo no te voy a querer» o « Queremos a Mbappé » (un sueño más al alcance de Florentino), todos hacían la ola, como si con este fichaje, su equipo ganara por goleada. No faltaba, por supuesto, el típico oportunista que vive camuflado entre el resto con intención burlesca: «¡Visca Barça!», gritaba. El Bernabéu ni lo notó. Entonces se hizo el silencio. En la pantalla que sirve como marcador en los partidos disputados en Chamartín, se podía contemplar un vídeo que mostraba los mejores goles de Hazard. Está cerca.

Eden salía de los vestuarios con su nueva camiseta. Blanca y con un logo dorado de “Campeón del mundo”. Casi nada. Previamente, el jugador había sido presentado en el palco de honor preparado para fichajes, familiares de los mismos, directiva y prensa. «Desde pequeño quise jugar en el Real Madrid», soltó Hazard en un discurso que no se oyó desde la grada, pero sí en el palco. Desde la grada se vivió. Se vivió la empatía del nuevo (¿7?) jugador del Real Madrid, quien regalaba un balón tras otro, no sin mostrar antes lo que sabía hacer con él. Lo quería: toquecitos, vuelta al mundo y… a la cabeza con besito al cuero incluido. Eso es amor por lo que haces. La afición enloquecía, le ovacionaba, le aplaudía. Un hombre de unos 45 años incluso estaba llorando de felicidad. «¡Que bese el escudo! ¡Que bese el escudo!», le gritaba anímicamente el público. Sí, lo besó. Ovación atronadora.

La gente, después de ver como Eden marcaba su primer gol con la camiseta blanca, empezaba a abandonar el estadio, conocedores de la marabunta de personal que se podría formar si no se iban a tiempo. Lo que quienes obraron así no vieron, es cómo Hazard se animó a coger el micrófono que le encomendó un trajeado señor con corbata granate y camisa blanca (casualidad) y, sin pelos en la lengua dio las gracias a su nueva gente, regalándo a todos un potente y sentido «¡Hala Madrid!». Las gradas acabaron vacías y el corazón de los madridistas lleno.