Hace una semana, el AC Milan confirmó la destitución de Massimiliano Allegri y entregó las riendas del equipo a un viejo ídolo de la afición rossonera, el holandés Clarence Seedorf. Con este movimiento, el cuadro italiano pretendía evitar la debacle de una escuadra hundida en la zona media de la tabla y comenzar un necesario proceso de regeneración. Y es que, más allá de impulsar al equipo hacia los primeros puestos, el técnico se ha marcado como prioridad la recuperación de la identidad perdida.

Ante el Hellas Verona, en el primer partido de la nueva era, el preparador ya dejó muy claras sus intenciones. En su once inicial figuraban cuatro jugadores con una clarísima vocación ofensiva: el nipón Keisuke Honda (banda derecha), los brasileños Robinho (izquierda) y Kaká (mediapunta) y el italiano Mario Balotelli (delantero centro). Con este cuarteto sobre el campo, el neerlandés enviaba un mensaje evidente: su Milan intentará desterrar los restos del catenaccio implantado por Allegri y apostará por un estilo mucho más valiente y vistoso.

Este mismo choque, ante un rival que le sacaba diez puntos en la tabla, también evidenció que la tarea será sumamente complicada. El conjunto lombardo sigue preso de ciertos automatismos que le llevan a moverse muy lentamente y a priorizar la defensa sobre la creación de juego. Pese a todo, quedó claro que cuando el cuarteto ofensivo logra asociarse, los rossoneri pueden resultar mucho más peligrosos e incisivos.

La victoria final, con gol de Balotelli desde el punto de penalti, premió el esfuerzo local e insufló un poco de moral en los casi vacíos depósitos de la afición milanista. Eso sí, para que Seedorf logre implantar su nuevo estilo necesitará tiempo y fichajes. No es un proyecto a corto plazo, y así lo entiende la directiva. El holandés salvará los muebles este curso y sentará las bases para un futuro que debe venir marcado por la recuperación de los valores deportivos que, no hace mucho, situaban al AC Milan como uno de los conjuntos de referencia en el panorama europeo.