Durante 20 minutos el Atlético de Madrid se sintió intimidado. La afición del Olympique de Marsella se apoderó del Stade de Lyon y a fuerza de cánticos, saltos y bengalas generó un ambiente en el que los suyos, pese a jugar en el campo de uno de sus grandes rivales en la Ligue 1, se sintieron como en casa. En este periodo, los habilidosos atacantes del cuadro galo se movieron con confianza, se asociaron con precisión y, lo que es más importante, dieron la sensación de poder desbordar a la siempre sólida zaga rojiblanca con excesiva facilidad. Los madrileños, asustados, se agolparon en las proximidades de su área y se limitaron a capear el temporal a fuerza de despejes y de algún que otro envío en largo en busca del oxígeno que pudiese darles una carrera de Antoine Griezmann o Diego Costa.

Pintaba, por tanto, bastante bien para los de Rudi García. Aunque Valere Germain había desperdiciado una clara ocasión en el minuto 3, se palpaba que si alguien podía ponerse por delante en el marcador, ése era el conjunto marsellés. Sin embargo, en el 21, Zambo Anguissa, uno de esos centrocampistas tan solventes para algunas labores de brocha goda como imprevisibles para otras que requieren algo más de precisión, cometió un error grosero. Su incapacidad para controlar un envío templado de Steve Mandanda a ras de suelo propició que el balón saliese disparado de su pie hacia la zona en la que habitaba Griezmann, y en un abrir y cerrar de ojos, mientras Anguissa aún seguía buscando la pelota, el punta se plantó en el área marsellesa y convirtió el 0-1 con una facilidad pasmosa.

El gol, como cabía esperar, lo cambió de todo. De repente, el Atlético dejó de ser un equipo timorato y volvió dar sensación de solidez, y el Marsella, que hasta entonces había dado síntomas de absoluta fiabilidad, comenzó a descomponerse y desorientarse. Por si fuera poco, en el 31, su jugador más decisivo, tal vez el único con capacidad para volver a tirar del carro, el talentoso Dimitri Payet, se vio obligado a enfilar el camino hacia el banquillo con problemas musculares. Aunque aún restaba mucho tiempo por delante, su despedida entre lágrimas fue el síntoma más evidente de que el partido ya no tenía tan buena pinta como apenas 15 minutos antes.

El Atlético sentencia tras el descanso

El paso por los vestuarios reafirmó la idea de que el panorama era diametralmente opuesto al que se vislumbraba hace una hora. Superado el miedo escénico, los del Cholo dieron un paso al frente, elevaron el tono de su presión y se hicieron dueños de la pelota. El Marsella, que aún no se había repuesto del tiro al pie que se había pegado en la primera parte, no supo cómo reaccionar a esta nueva versión del rival y casi sin darse cuenta se topó con un segundo tanto que acabó por cercenar sus ilusiones.

El 0-2, firmado con sutileza por Griezmann a pase de Koke, fue algo así como un fin anticipado. Tras ver lo que había ocurrido hasta entonces, ni el más optimista de los entusiastas aficionados galos podía imaginar una remontada. De hecho, hasta el que colegiado pitó el final, de los de García sólo se tuvo noticias por un cabezazo aislado de Kostas Mitroglou que se estrelló en el palo y por unas cuantas patadas, de esas que se dicen llegan fruto de la desesperación. Es más, si alguien volvió a marcar, ése fue el cuadro rojiblanco, que fue capaz de hacer el 0-3 -obra de Gabi- cuando el partido ya agonizaba.

Y así, sin excesivo brillo, pero con esa solvencia a la que ya nos tiene acostumbrados, el Atlético levantó en Lyon su tercera Europa League. Y lo hizo, además, con Fernando Torres sobre el campo. El Niño, que abandonará el club este verano, disputó los minutos finales y tuvo el privilegio de despedirse de su equipo de toda la vida levantando un último trofeo.