En política, la expresión brotes verdes se emplea con frecuencia para indicar que un país sumergido en una crisis económica comienza a dar síntomas de recuperación. Por extensión, este juego de palabras también puede aplicarse a todos aquellos equipos de fútbol que, en mitad de un periodo de zozobra, encuentran un motivo para soñar con un futuro mejor.

En el Athletic Club ese brote verde, ese clavo al que agarrarse, tiene nombre y apellidos: Íñigo Córdoba (20 años). Aupado al primer equipo el pasado verano, el canterano apenas ha necesitado un par de meses para convertirse en uno de los pilares de la escuadra (acumula ya 13 partidos oficiales) y erigirse en uno de los nuevos ídolos de la necesitada grada de San Mamés.

Aunque se ha visto claramente beneficiado por la lesión de Iker Muniain, lo cierto es que desde su estreno con el primer equipo, el bilbaíno ha mostrado un amplio elenco de cualidades y, lo que es sin duda más valioso para la parroquia rojiblanca, un elevado compromiso con la causa. Sus continuas carreras por la banda izquierda, su innata habilidad para conducir el balón pegado al pie o su buen golpeo con la zurda han resultado cualidades tan dignas de aplauso como su extenuante trabajo defensivo o su fortaleza mental para asumir galones cuando hasta los más veteranos parecían esconder la cabeza.

La ilusionante entrada en escena de Córdoba, al igual que la del central Unai Núñez, ha servido para dar algo de vida a un equipo que amenazaba ruina, y para poner nuevamente en valor el trabajo que se realiza en Lezama. En los últimos tiempos, del vivero rojiblanco han salido también el meta Kepa Arrizabalaga, el zaguero Yeray Álvarez, el versátil Íñigo Lekue, el centrocampista Mikel Vesga o el delantero Iñaki WIlliams, jugadores que invitan a pensar en un futuro no tan negro como cabía esperar en estos tiempos donde el dinero y los fichajes millonarios marcan la pauta.