Compareció hoy el Real Madrid sobre el césped del Santiago Bernabéu completamente vestido de verde. Era el particular homenaje del conjunto de Chamartín a la Cumbre del Clima que se está celebrando durante estos días en la capital de España. Consciente de los problemas que está causando y la necesidad de tomar decisiones importantes para limitar las emisiones causantes del efecto invernadero, desde el club se quiso dejar bien a las claras su apoyo con vistas a revertir la situación antes de que sea demasiado tarde.

Y si hay una cara con la que se está identificando el movimiento, esa es la de la joven sueca Greta Thunberg. Convertida en una especie de estrella del rock del cambio climático desde que en agosto de 2018 fue vista en las calles de Estocolmo con su famosa pancarta de "Skolstrejk för Klimatet", la liviana activista de 16 años llegó ayer a la capital de España después de 36 días de viaje que han incluido en coche eléctrico, un catamarán para atravesar el Atlántico y un tren de los años ochenta. Total, 9360 kilómetros. Casi nada.

Tienen los jóvenes esa capacidad para atraer a las masas. Con una cara todavía sin definirse por el paso de los años, un rictus serio y tres millones y medio de seguidores en su cuenta de Twitter, las palabras de la sueca han calado mucho más en la conciencia general que todo lo que se ha venido apuntando al mismo respecto durante años.

Un trato desigual

En el mundo del fútbol ocurre algo similar. Asistimos entusiasmados al nacimiento de jóvenes estrellas con la ilusión de que se conviertan en referentes. Hacemos de ellos ejemplos a seguir. Tan solo son adolescentes, pero esto no es obstáculo para ver a miles de personas con sus camisetas. Y la misma ligereza que se tiene para encumbrarlos también se tiene para descenderlos a los infiernos cuando atraviesan una mala racha o no terminan de alcanzar las expectativas. Un claro ejemplo de esta situación es lo que está sucediendo esta temporada con Vinícius y Rodrygo.

Pareja de brasileños con notable presente y sensacional futuro ante si, los dos jugadores están siendo tratados de forma muy distinta. Vinícius es el juguete usado, el que los Reyes Magos dejaron en el árbol las últimas Navidades. Era resplandeciente y brillante, pero llegó a casa en un mal momento. Era un año complicado y pese a que el juguete nos hizo pasar alguna buena tarde no pudo quitarnos la amargura. Rodrygo es novedad e ilusión. Es como esas zapatillas que nos acaban de regalar y nos da miedo sacarlas a la calle para que nos las manchen con un inoportuno pisotón.

Ninguno de los dos ha alcanzado los veinte y yo a su edad todavía no me había levantado cuando ambos estaban compartiendo titularidad hoy sobre el césped del Santiago Bernabéu defendiendo los colores del equipo más laureado de la historia. Qué pasará dentro de diez años con Vinícius y Rodrygo es una auténtica incógnita, pero también lo es el futuro del planeta… ¿verdad Greta?